La memoria climática ayuda a sobrevivir

6 days ago 4
Facebook X WhatsApp VK
ARTICLE AD BOX
Un momento de un capítulo de la serie 'Verano azul'.

Caminar por una playa y sentir el roce de la brisa fresca, asomarse a los parques y respirar el olor de algunas flores mucho más que el de la contaminación, o simplemente poder pagar una casita o una paella a precios decentes parecen estampas de otra época. Cuando yo era pequeña, solíamos pasar algunos días en la costa de Cádiz o Málaga, sin preocuparnos por las olas de calor —ya fuesen marinas o terrestres—, pero lo que más ilusión me hacía eran las eternas semanas de piscina municipal en un pueblo cuya temperatura aún no abrasaba los huesos a pesar de encontrarse en mitad de la campiña cordobesa. Confieso una nostalgia que sólo podemos experimentar quienes vivimos los veranos de entonces; una suerte de privilegio que concede la edad y le está vedado a quienes nacieron hace poco: reconocer, a través de la memoria del cuerpo, un mundo que ya no existe y regalaba placer en los detalles más nimios. Y no se trata exactamente de una querencia de juventud —algunos no rememoramos desde la vejez—; más bien, del recuerdo afectivo, del viaje sentimental hacia un territorio perdido al que acompaña la verdad científica: los incendios no solían alcanzar la voracidad que se gastan actualmente, ni hacía falta el laboratorio semántico con que ahora intentamos definir las noches tórridas o infernales. El lenguaje y la realidad fluían acompasados porque los estíos apocalípticos únicamente ocurrían en el reino de las pesadillas.

Seguir leyendo