¿Qué queréis de merendar?

6 days ago 3
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Comer entre horas tiene peor prensa que odiar a los delfines, pero el género humano se las ha arreglado para que no haya prácticamente una hora en el día o en la noche que no tenga su comida. Es literal, comenzando por las teterías que sirven empanadillas a las cinco de la madrugada en Cantón y terminando con ese resopón alcohólico que las redes sociales de Occidente han tipificado como “el kebab de las dos de la madrugada”. Entre medias, uno puede tomar un esmorzaret valenciano, un amarretako vasco, un apericena a la italiana o incluso —Dios nos perdone— un drunch, que es como el brunch pero en versión boba y vespertina. Detrás de estas invenciones han estado alicientes tan poderosos como el hambre y el esnobismo. El esnobismo, por ejemplo, nos dio el té de las cinco, un pretexto para lucir la porcelana. Y, sin salir de Inglaterra, el hambre —la gula— nos dio las savouries: un bocado salado que sirve para acabar la botella o más bien bajarse otra después de los postres. El disparate se redondea con la fantasía de sus nombres: al pedir una becada escocesa —Scotch woodcock—, lo que traen son huevos revueltos con anchoas. La socialización, claro, suele guiar estas comidas, pero a veces se trata más bien de detenerla. A tal efecto, en Dinamarca, las fiestas terminan con un destello de franqueza nórdica: la “comida para pirarse” o skrub af-mad.

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